Jeremy Rifkin, economista mundialmente reconocido, Presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas de Washington, DC, afirma en su artículo “Ante una auténtica crisis alimentaria global”, con motivo de la “Cumbre Mundial sobre la Alimentación”, celebrada en Roma en junio del año 2002:
“Cientos de millones de personas en todo el mundo pasan hambre todos los días porque gran parte de la tierra arable se utiliza para cultivar cereales para piensos, para animales, en vez de cultivar cereales alimentarios para las personas. Y las vacas, los cerdos, los pollos y demás ganado alimentado con estos piensos son consumidos por los más ricos del planeta, mientras que los pobres se mueren de hambre. En el último medio siglo, nuestra sociedad global ha erigido una escala de proteínas mundial artificial, en la que el vacuno y otros animales alimentados a base de cereales se sitúan en el peldaño superior. Hoy en día, las poblaciones ricas, principalmente en Europa, Norteamérica y Japón, están encaramadas en lo más alto de esa cadena alimentaria y devoran la riqueza del planeta. La transición que ha experimentado la agricultura mundial, de los cereales alimentarios a los cereales para pienso, supone una nueva forma de perversidad humana, cuyas consecuencias pueden ser mayores y más duraderas que cualquier otro ejemplo anterior de maldad infligida por el hombre a sus semejantes…”
“Hace ya mucho tiempo que deberíamos haber iniciado un debate global sobre cómo promover una dieta vegetariana, diversificada y rica en proteínas para el ser humano.”
Vegetarianismo es un término empleado, por vez primera en 1842, por los fundadores de la Asociación Vegetariana Británica. Procede del latín vegetus, que significa “completo, sano, fresco o vivaz”. Y es, a partir de este momento, que inicia su andadura como movimiento activista, filosófico y político a escala mundial. Actualmente, todas las asociaciones vegetarianas del mundo se engloban en la Unión Vegetariana Internacional.
Pero, el vegetarianismo como tal es una corriente muy antigua. Tanto la filosofía como la religión y numerosos sistemas de creencias han tratado, de maneras diversas (a favor o en contra), el derecho del ser humano a no comer carne y culturas enteras han sido fundadas en esta idea frente a otras que lo han hecho alrededor del mito de la carne.
Nuestra cultura occidental, especialmente la actual, ha hecho de este mito un inmenso poder económico, industrial, científico-tecnológico y de supremacía cultural, capaz de modificar no sólo nuestras conciencias, sino de cambiar por completo los sistemas de producción agrícola y ganadera de todo el planeta, creando el sistema de reparto de bienes y alimentos más injusto de que se tiene noticia en la cultura humana, a la vez que potencia el desarrollo de enfermedades de civilización, degenerativas que, si bien, no son achacables en exclusiva al consumo de carne, sí lo son en relación a su abuso y a la mala calidad de alimentos basados en la carne que ha generado este sistema.
Pero, quizás ha llegado la hora de que, nosotros los ciudadanos y consumidores empecemos a cambiar las reglas del juego con nuestras decisiones de cada día…
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